Sión por Jesica Pavon

Una expedición de jóvenes estudiantes y científicos arribó al planeta que ellos llamaron Sión. Los Narubi eran la civilización más antigua e inteligente extraterrestre. Ellos vieron crecer y sucumbir al ser humano; fueron ellos quienes simieron los genes de inteligencia humana para evolucionar, comer y hasta hablar, creando los majestuosos edificios o las antiquísimas pirámides de Egipto. Ahora solo quedaban vestigios de aquella populosa y progresista civilización que se enriquecía con todo lo aprendido por siglos y milenios extensos de inteligencia Narubiana.

Esta involución hace otra vez resplandecer lo extraterrestre por sobre la humanidad perdida en cuevas y suciedad sin recursos.

De la civilización solo quedaban algunos humanos que sobrevivieron al apocalipsis solar, se escondieron en cuevas y volvieron a la vida rudimentaria protegidos por los pocos instrumentos que salvaron de aquella catástrofe.

El mundo se vio sesgado por la caída de meteoritos que hicieron desarmar los hielos antárticos y descubrieron nuevas enfermedades invisibles pero mortíferas. El grupo sobreviviente comenzó a hacerse vegetariano fructívoro y dejó de comer carne, ya que casi nada quedaba de eso. Es más, comían lo que daba la empobrecida Natura y no había peleas ni disputas. Sabían que eran dependientes unos de otros y todo surgía en armonía, ignorancia y temerosidad del devastador paisaje. Así fue que el grupo interestelar patriarca Narubi apareció en escena, piadosos de la raza humana y decidieron actuar a su favor.

Los jóvenes ayudaron a reconstruir los edificios, trajeron nuevas semillas y animales que habían abducido en milenios anteriores, genes, clones y lentamente resurgió una laboriosa sociedad con más conciencia de sus actos para el futuro.

Agradecieron a sus protectores construyendo altares como antes lo hacían para sus dioses; ahora estos forasteros benevolentes eran considerados divinos.

La raza humana también se mezcló con los narubis y de ellos nació una progenie vigorosa, esbelta y apacible en un mundo donde ya no había competencia ni avaricia y, otra vez como en la primera gestación, los Narubis dejaron su semilla para crear humanos inteligentes, resilientes y responsables de sus actos.

La raza superior volvió a su planeta y dejó que Sión volviera a resurgir como lo hizo en su momento, luego del Gran Diluvio bíblico. Este ciclo se repite luego de varios milenios, recordaban los viejos Narubis. —Esperemos que ahora sean más compasivos con Sión y recuperen este planeta en ruinas —pensaron.

Venerados por estos primitivos grupos humanos, se erigió la nueva estirpe de humanos mitad dioses alienígenas: más serviciales, más benevolentes, más generosos que los de antaño.

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