TRAPO VIEJO Por: Leilani Z Vargas

 


Mi nuevo hogar temporal estaba listo para mí, un pequeño cuarto sin baño en el cual sólo cabía una cama individual y una mecedora en la que un enorme muñeco de trapo viejo, seco y feo reposaba con la cabeza en tal posición que parecía mirarme a cada instante. Me avergoncé del miedo que sentí al verlo desde la primera vez, pero mis entrañas hacían temblar mi cuerpo entero al mirarlo siquiera por el rabillo del ojo y yo dormiría ahí junto a él, junto a eso que emanaba una turbia esencia que no puedo describir. La razón me dijo que estaba siendo infantil, así que con todo el autocontrol que fui capaz de tener miré a mi anfitrión y le sonreí para agradecerle su amable hospitalidad.

La noche llegó en un pestañeo, pronto me vi a mí misma acostada en la camita que no lograba calentar mi alma con sus cálidas cobijas.

Me encontraba horrorizada, asomando los ojos temerosa de ver lo inexplicable y en efecto, ahí estaba, esa terrible silueta de tamaño de un hombre adulto desparramado en la mecedora que se movería en cualquier momento con un terrible rechinar, pero en su lugar observé con horrible fascinación la segunda silueta que se recortaba de la primera como una copia siniestra dispuesta a revelar los peores horrores que mi frágil alma pudiera soportar. Un sudor frío acarició mi espina dorsal como dedos mortuorios que hicieron helar hasta mis temores más remotos. Mis ojos observaron la segunda silueta que se recortaba sobrepuesta a la primera y descubrí la copia exacta de mi pequeña habitación.

Respiré un segundo un poco más tranquila obligándome a ver cada detalle para burlarme de mi infantil cobardía, cuando miré al muñeco me percaté que no veía su nuca en el espejo sino el rostro de un viejo muerto con los ojos cuajados como huevos cocidos dentro de su cráneo, la piel putrefacta ya seca sobre los huesos como un cadáver deshidratado al sol que fuera puesto como recuerdo en una antigua mecedora.

Ya no me sentía dentro de mi cuerpo.

Creí tener una terrible pesadilla que debía desmentir, me levanté con el poco aliento que guardaba, prendí la luz del cuarto y en tres pasos con la habitación iluminada toda blanca, teatral, me encontré con las manos temblorosas sobre el trapo viejo de la cara del muñeco, como pude lo desgarré con mis dedos con asco y temor sintiendo el polvo y una textura extraña en mis manos, el sonido de la tela me abrumó sin prepararme para descubrir bajo de ella ese rostro reseco que momentos antes vi en el espejo.

Grité dejándome caer en un intento de huida trayendo conmigo el resto de tela, descubriendo así la mandíbula, que ahora colgaba en carcajadas mudas.

No pude sentir mi cuerpo gritar, pero mi agónico sonido inundó mis oídos, haciéndome creer que era el cadáver quien gritaba en lugar de ser yo. 

 

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