Mi nuevo hogar temporal estaba listo para mí, un pequeño cuarto sin baño en el cual sólo cabía una cama individual y una mecedora en la que un enorme muñeco de trapo viejo, seco y feo reposaba con la cabeza en tal posición que parecía mirarme a cada instante. Me avergoncé del miedo que sentí al verlo desde la primera vez, pero mis entrañas hacían temblar mi cuerpo entero al mirarlo siquiera por el rabillo del ojo y yo dormiría ahí junto a él, junto a eso que emanaba una turbia esencia que no puedo describir. La razón me dijo que estaba siendo infantil, así que con todo el autocontrol que fui capaz de tener miré a mi anfitrión y le sonreí para agradecerle su amable hospitalidad. La noche llegó en un pestañeo, pronto me vi a mí misma acostada en la camita que no lograba calentar mi alma con sus cálidas cobijas. Me encontraba horrorizada, asomando los ojos temerosa de ver lo inexplicable y en efecto, ahí estaba, esa terrible silueta de tamaño de un hombre adulto desparramado en ...