SETENTA AÑOS Por Omar Rosa González


Setenta años, esa es mi edad; soy mitad hombre, mitad máquina, estoy solo, aunque viva entre muchos robots, algunos de última generación.

Siempre he querido viajar; ahora estos terrícolas que se han hecho poderosos aquí vendiendo fritura en cápsulas están promocionando viajes. Es mi oportunidad; voy a La Tierra; tanto se habla de allá, ardo en deseos de conocerla.

Tuve que usar una vieja plataforma de ellos, Facebook, para obtener los pasajes; qué complicados son. Yo, un robot con un celular en la mano para mostrar el pago del pasaje, por cierto, en una nave de segunda o tercera, con paradas interestelares. Desde que monté, comencé a sentirme un poco terrícola; me colocaron un cinturón de seguridad, los asientos estaban dispuestos de forma similar a los camiones adaptados para tirar pasajes en algunos países pobres de América y África; claro, me documenté sobre el Planeta Tierra. Era muy importante ese problema de ambientación y adaptación; si por casualidad tocábamos tierra en uno de estos lugares pobres o en guerra, serían menores las afectaciones colaterales. A la nave le sonaban todas las láminas y tornillos. ¿Tornillos? No puede ser, si los simularon, les quedó perfecto. Experimenté un sentimiento terrícola: miedo a no llegar al destino; de pronto, una brusca parada. Por los altavoces se escuchó:

—Estamos en el Kilómetro 171 000 000, almorzaremos aquí; dentro de media hora continuaremos viaje.

¿Pero cómo?, aquí no hay gravedad. Los terrícolas que viajaban conmigo traían unas vasijas pequeñas con comida, desplegaron algo similar a una bolsa plástica transparente y comieron dentro. Me estuvieron contando el porqué de esta parada; a los conductores de la nave les regalan el almuerzo solo por traerles clientes. Hay de todo lo que se come en la Tierra, pero muy caro. Un paquete grande con algo amarillo dentro llamó mi atención: Chicharrones de viento, no pude contenerme, gasté una fortuna en aquella golosina insípida; se me deshacía en la boca, caí en la primera trampa.

Continuamos el viaje; nunca supe cómo han logrado parar y continuar sin que medie un propulsor. Estos terrícolas son unas “fieras”. La nave parecía un bus; recogían y dejaban pasajeros; a todos les cobraban, a unos dólares, a otros: tiempo y hasta un líquido azul dentro de unos bacilos sellados, desconocidos para mí.

Al fin, varias horas después, se oyó por los altoparlantes:

—En breve, aterrizaremos, revisen sus cinturones; el lugar escogido es un desierto, la ciudad más cercana es Iquique, a mil quinientos kilómetros de Santiago, la capital de Chile. Feliz estancia en La Tierra; por suerte, aquí no hay guerra.

El golpe de la nave fue tan brusco que perdí el conocimiento; seguí funcionando gracias a mis viejos circuitos hechos sobre baquelita. Quizás mis hijos no lo hubieran soportado; los robots de ahora son sofisticados, pero más endebles; por cualquier golpecito se bloquean o informan que no hay conexión.

Al despertar, observé este gran salón; al fin pude ver de cerca los vitrales. ¡Bellos! Allá lejos, una barandilla; detrás, una multitud de personas con carteles en las manos; cada letrero identificaba al guía que nos recibiría. Busqué afanosamente hasta dar con el mío: Bienvenido, Sr. 2000X2. Una vez presentadas las credenciales, noté a la mujer un poco tensa. Pude leer “entre líneas” acerca de su inseguridad. Se sentía sola; aunque en casa estaban sus tres hijas con muy extraña forma de querer, no la consideraban y su esposo, como si no existiera. Ella, vieja, pobre, sin ayuda y recibiendo un extraterrestre: ¿Usted me comprende? ¿Qué va a pensar de nosotros, Sr. 2000x2? A veces tengo deseos de perderme.

—Mire, señora, ¿cómo me dijo que se llamaba? ¿Amargura?

—Martirio, para servirle.

—Le hago una propuesta: esa nave en que vine regresa próximamente, están contratados para un proyecto de investigación, van al planeta Marte, vayámonos los dos.

—¿Y por qué no?

Ya en casa, después de dejar al Sr. 2000x2 instalado en el hotel, pregunté a mis hijas qué deseaban para el nuevo año; fue una explosión, hicieron listas de regalos como si fuera Papá Noel. Ninguna preguntó cuál era mi deseo. Y ¡sí! Tengo un deseo por cumplir: Viajar al planeta Marte. Cuando pregunten: "¿Por qué tan poca comida?". ¿Me planchaste el uniforme? ¿O tengo agua caliente? No tendrán respuestas, entonces notarán mi ausencia.

Para la más chica soy una vieja loca, siente aversión por los viejos, nada hago bien; puede que tenga razón, siempre hay algo de verdad en cada reproche. Soy su obsesión, me enfrenta todo el tiempo, discute y hasta me ofende. Sobre todo, si no cumplo sus deseos. Dice que lo que tengo en la cabeza es mierda.

La mayor me ignora, no existo, no comparte nada conmigo. No me presentó a su novio. A mi nieta no la puedo tocar. ¿Qué estaré haciendo mal?

Ellas trabajan, pero no es como en mi época, ¿qué se habrán hecho las rayas rojas o aquel reloj donde se introducía la tarjeta? Ahora envían correos, tuitean, usan el mensajero, copian y pegan; a veces se copian hasta ellas mismas. Van un día, los demás hacen reposo relativo.

Estoy jubilada, trabajé cuarenta y cinco años, mantuve a esta familia, les di esos cuerpazos lindos a mis princesas, pero no soportan verme en casa gastando tiempo de máquina en la laptop (mi laptop); pierdo el tiempo en boberías, cuando ellas chismean en Facebook, no. Escribir cuentos es bobería. ¿Será eso lo que estoy haciendo mal? Pues a complacerlas, tendrán más tiempo de máquina y también me complazco yo, porque ese deseo de huir cada día es más grande y más peligroso.

Entonces llegó el Sr. 2000x2; ya estoy secretamente entrenándome para el viaje al planeta extraño. Gracias a sus influencias, mi nuevo protector tiene un viejo amigo aquí. Soy su conejillo de Indias para experimentar. Nunca antes una persona tan longeva ha viajado al cosmos. Tomarán muestras de mi sangre, chequearán mis órganos, variarán mi dieta y no sé cuántas cosas más; no me preocupa, nada voy a perder.

Al fin entramos en la nave; el Sr. 2000x2 se ha infiltrado en la tripulación. Me siento en forma; la actividad, los ejercicios me hicieron mucho bien, me siento perfecta. Para mí este viaje será muy estresante; a pesar de mis buenas condiciones físicas, sé que quizás no vuelva. Lo pensé mucho; para una madre, los hijos o las hijas, por muy malos o malas que sean, se adoran y se les justifica y uno tiene la esperanza de que cambien, pero esta vez no, estuve a punto de ser golpeada, yo que he dado mi vida por ellas.

Después del despegue, todo es rutina; en una sección practicamos el guion aprendido sobre los experimentos que nos tocan, en otra viene el ocio, comemos, si se le puede decir así a tragar pastillas de distintos colores, y más tarde a descansar. Lo más difícil es acostumbrarse al encierro; cada día recorría kilómetros en bicicleta para ir a trabajar. Tenía un jefe insoportable, al cual le gustaba ser grande, importante, la gloria para él, y yo le hacía el juego; así la iba pasando; eso quedó en el pasado. Me las he ingeniado para escribir de estas y otras cosas; el tiempo me sobra; si estoy sola, hago grabaciones de voz; quizás allá pueda publicar un libro o un video-libro. Tengo alguna información de las Colonias de Marte y su robótica, pero no me he sentido tan segura; ahora eso ha cambiado. Cada noche el Sr. 2000x2 visita mis aposentos, dormimos un rato como cucharitas, me habla mucho de otras galaxias.

Como no soy buena con los idiomas, intercambio poco con mis compañeros; además, ellos están muy ocupados, ni se fijan en mí; siento que también aborrecen a los viejos. No saben que para nosotros cada día de vida es un regalo y lo disfrutamos como si fuera el último.

Ya están llegando reportes de este lejano planeta; seremos monitoreados por robots de la marca CACTUS7. Según la literatura, son muy viejos, dúctiles, ofrecen poco riesgo para los humanos, aprenden con facilidad y son muy dados al intercambio. Estas máquinas, externamente, son hombres.

Ha pasado un año, estoy preparada y mucho más segura; por fin está próximo nuestro arribo. En este momento no puedo evitar pensar en mis “vejigas”, tan bellas y tan zoquetas. No deben haber hecho la denuncia de mi desaparición; alguna historia habrán urdido.

Se está produciendo el aterrizaje; en una zona desértica, el asentamiento más cercano está a dos kilómetros de distancia. A pesar de los amortiguadores para hacer menos riesgoso el descenso, siento un gran golpe al impactar con Marte.

Según me cuenta el Sr. 2000x2, perdí el conocimiento. Desperté en una habitación pequeña; mi compañero, con su voz metálica, adivinó mis pensamientos; diría que sabía lo que pensaba:

—También extraño; al igual que usted, somos demasiado nobles como para no hacerlo. En mi caso había problemas de alojamiento; estábamos siendo poco solidarios unos con otros. Mis padres, ¿usted me entiende?, los que me fabricaron, no querían saber de mí, preferían a los más modernos, sus nietos, y no se trataba solo de celo, sino de consideración; eso pasa cuando no te tienen en cuenta. En casa, entienda que es un taller; cada día había menos espacio para mí; a los superrobots ya no les era útil; de ellos no podía obtener ni una pieza; poco a poco me fueron desplazando; solo me quedaba una pequeña habitación. Fui desechado en la armería, como ustedes dirían, despedido por incapaz. ¡Ah, y no se preocupe por los CACTUS7!, de esos me encargo yo, pero a usted, ¿cómo la atiendo, señora? ¿A dónde la llevo?

—¿Puede darme compañía?

            —Eso sí.

            —¿Puede darme tranquilidad?

            —También.

            —¡Pues seremos felices, en cualquier lugar, hasta aquí en Marte! —Y se fundieron en un fuerte abrazo—. ¡Pero prométeme que al menos cada diez años iremos a la Tierra!

—¡Prometido!




 

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