Los grises por Francisco Villaseñor

 


Entonces, habiendo cruzado el río, entre la desgracia y el horror, se tranquilizará. El panorama se hará más claro, el equilibrio se perturbará, y nuevamente las posibilidades se filtrarán por los poros de la realidad.

Pensará con nostalgia sobre el tiempo. Los pocos meses transcurridos desde que el armisticio entre los vivos y el virus, el regreso a la normalidad, traerá consigo su esbozo de pax aeterna.

La idea le causará náusea, aunque se consolará pronto. La tibia vida había vuelto, sí. Pero con ella también, ardientes, las oscuridades del tacto. Ella las había encontrado, hermosas, inevitables. Las había nutrido, las había procreado en silencio. Entonces, finalmente, será tiempo del desorden, el crisol natural.

Se cubrirá la boca, no para disfrazar su llanto, sino para ocultar una sonrisa ligera, tranquila, curiosamente análoga a la de los grises. Aquellos que solo quieren comer, dormir y matar.

 

*          *          *

 

Ella entra a la sala de espera con la mirada intermitente entre sus papeles, el suelo y el recepcionista. Lleva la cabeza baja, como si le pesara ligeramente. Se ha maquillado con aparente simpleza. Una mascarilla clínica, negra y nueva, cubre su boca y nariz.

Saluda al recepcionista en un gesto mínimo. Él contesta con una sonrisa, seguro detrás del panel acrílico.

Ella se presenta. Es su primer día y su contratación fue completamente en línea, así que no conoce a nadie. Tampoco es que haya mucha gente; el edificio está casi vacío.

Repite el proceso con algunas personas más, todas sonrientes detrás de sus mascarillas, hasta que una de ellas la lleva pisos y pisos bajo tierra, a la oficina escondida de los laboratoristas, y a su nuevo colega.

 

Es un hombre calvo y sin vello facial, con lentes pequeños, cuadrados. Él no sonríe tanto. En su bata blanca lleva, además de su credencial, varias tarjetas de plástico, todas transparentes e idénticas.

El Colega se presenta. Es directo, calculado, clínico. No está aquí para hacer amigos. Gran parte del día se le va en explicarle a Ella los protocolos de seguridad y confidencialidad del laboratorio, y al final ambos firman varios papeles.

Están a punto de acabar, y el hombre va a dejar que Ella salga temprano. Se ha atrasado la llegada de su paquete de bienvenida. Mientras tanto, le otorga una caja con tarjetas transparentes iguales a las de él. Son llaves para los distintos laboratorios.

Entre ellas se encuentra una credencial con fotografía. Ella toma la credencial y la observa de cerca, pregunta quién es. El Colega le explica que esas llaves antes pertenecían al Jefe de seguridad que fue despedido durante la pandemia.

El Colega dice que Ella puede conservar las llaves, que ahora son suyas, y que él se encargará de la credencial, pues debió haber sido procesada en el incinerador. Esto último lo dice con ansiedad, y tan pronto como lo anuncia, parece arrepentirse. Ella le dice que no se preocupe; mantendrá el secreto.

En ese momento alguien toca la puerta. El Colega, que a lo largo de las horas se ha relajado, se tensa, alcanza la credencial, la deposita en la basura y regresa a su rígida compostura. Ha llegado el Jefe.

 

El Jefe recorre la habitación con una mirada seria y penetrante. No lleva mascarilla. Sus ojos se topan con los de Ella o su cuerpo, y él sonríe, con una boca que de alguna manera no deja de mascar un chicle.

Se acerca sin miramientos. Le pone ambas manos en los hombros y le dice muchas cosas que no tienen importancia. Huele intensamente a colonia, cara, pero aun así repugnante. El Colega lo mira con desprecio. Ella agradece que sí trae puesta su propia mascarilla.

El Jefe se queda ahí hasta que suena una alarma, rotunda, una sola vez. Ella no se asusta, pero el Jefe aprovecha para acercarse con el pretexto de un gesto tranquilizador. No se inclina al abrazarla, lo hace de frente, aplastándose contra su cuerpo. Se ríe, finge que la consuela. Le dice que ese sonido de alarma solamente indica el final de la jornada.

 

El Jefe la suelta; ya se va. Gira hacia el bote de basura para arrojar su chicle; antes de hacerlo, se detiene. Le pregunta al Colega qué hay ahí, encima de papeles apretados y vasos de plástico. Pero el Jefe ya sabe la respuesta.

No le causa ninguna pena obligar al Colega a abrir el bote y recuperar la vieja credencial. Tampoco tiene miramientos sobre darle una reprimenda frente a Ella. Acaso le causa satisfacción tener una excusa para mostrar su dominancia. Al terminar su berrinche, le ofrece una falsa disculpa a Ella, le ordena al Colega deshacerse de la credencial y se va.

 

La primera semana pasa de forma más tranquila. El Jefe es igual de molesto cada vez que se encuentra con Ella, pero por suerte casi nunca pasa por el Laboratorio, y el Colega tiene una gran habilidad para evitarlo.

Ya sea por rebeldía o por la gran carga de trabajo que se les asignaba, y el hecho de que el incinerador se encuentra en el último piso del edificio, no se han deshecho de la credencial.

Un día, Ella pregunta por qué no lo han hecho. Distraído, el Colega responde que mientras no se contrate a otro jefe de seguridad, la credencial es lo único que otorga accesos en caso de aislamientos de emergencia. Una vez que lo ha dicho, se molesta, arrepentido de hablar. Una vez más, Ella le pide que no se preocupe.

La razón por la cual se encuentran tan ocupados, y por la que la han contratado a Ella tan rápidamente, es porque el Colega se prepara para un experimento importante. Él no lo esperaba, pero al final de la semana ya están listos para llevarlo a cabo.

En una de las salas del laboratorio hay un hábitat de conejos. Decenas de ellos viven en un ecosistema artificial decorado con algunas plantas de plástico e inundado de aserrín barato.

Por varios días han registrado el comportamiento de los conejos en previsión del experimento, que implica un “cambio” en su hábitat, por lo que también hacen distintas hipótesis sobre la reacción que podrían tener ante tal evento.

La naturaleza y particularidades de dicho “cambio” son información confidencial que el Colega se niega a revelarle a Ella, por lo que ella piensa que, más bien, sus teorías son solamente especulaciones sin sentido, pero no cuestiona al Colega.

Después de mucho trabajo, llega el día.

En la mañana, Ella y el Colega se ven más temprano. Reciben grandes camiones que, según el Colega, vienen de un laboratorio externo al edificio donde trabajan, propiedad de la compañía en el extranjero.

Los llevan a un estacionamiento subterráneo, en el mismo nivel que el laboratorio, con pequeños túneles de bandas transportadoras colocados en la pared, dispuestos especialmente para recibir la carga de los camiones.

Los vehículos se estacionan de forma contigua a los túneles, y un sistema automático abre las puertas de los camiones.

Hileras e hileras de pequeñas jaulas se descargan de forma automática hacia los túneles, pero Ella no alcanza a ver su contenido hasta que, una vez despedidos los camiones, el Colega la lleva a la sala de observación, desde la que miran el hábitat con atención a través de una pared de cristal reforzado.

El Colega presiona un botón. Algo como niebla o vapor recubre poco a poco el suelo del hábitat. Trampillas, hasta ese momento ocultas, se abren con lentitud. El colega parece satisfecho de que los conejos no se hayan asustado.

Ella sí siente temor cuando observa lo que sale de las trampillas, aunque lo oculta bien. Lo que más le alarma, si bien no le encuentra sentido, es su color. Un gris profundo, completo, uniforme a lo largo de todo su cuerpo. Metálico, tal vez, pero opaco, estrictamente antinatural.

El Colega le pregunta si tiene miedo. Ella miente. El Colega lo anota en su cuaderno.

De pronto, el Jefe irrumpe en la sala de observación, con excitación infantil. Se comporta complaciente, mucho más gentil que otras veces. Tal vez es una nueva estrategia para congraciarse con Ella.

Pronto descubre que no es así. El Jefe explica que, contrario a lo que se había planeado, ciertos integrantes de la mesa directiva harán acto de presencia durante el experimento.

El Colega se enfurece, responde que nadie le preguntó nada al respecto, que es una propuesta arriesgada traer a los directivos, y enumera una serie de argumentos racionales por los cuales es crucial que el experimento se lleve a cabo como se tenía contemplado.

Una vez que termina, rojo de la frustración, el reloj del Jefe emite un pitido, y este anuncia que pronto llegarán. No parece haber escuchado una sola palabra emitida por el Colega.

Tres hombres de piel arrugada y estirada entran lentamente a la sala de observación. Visten de traje y no dicen absolutamente nada. Sus ojos, de párpados cansados y cejas caídas, transmiten poco. Algunos carraspean y arrojan saliva a sus máscaras de plástico, inútil repuesto de un cubrebocas tradicional. Se ajustan constantemente la máscara inservible, como si tenerla puesta implicara un esfuerzo sobrehumano.

 

El experimento va bien. Los grisáceos parecen integrarse y confundirse sin problemas con los conejos, y el Jefe aplaude y manotea, en un esfuerzo por causar emoción a sus superiores. No lo logra.

Una vez satisfecho, el Colega anuncia la siguiente fase del experimento, explica que es altamente peligrosa y que será mejor si esperan fuera de la sala. Sin embargo, el Jefe lo interrumpe, desviando con una broma sus advertencias. El experimento continúa.

El Colega presiona otro botón y el gas que previamente cubría el suelo incrementa su volumen. Se vuelve difícil distinguir lo que sucede en el hábitat, y por un momento solo se escucha el silencioso latido de la ventilación. Los Directivos bostezan y miran sus enormes relojes, de un tamaño ridículo comparado con sus huesudas muñecas.

Algo impacta en el vidrio. Una masa rosada que se resbala hacia el suelo y deja a su paso una mancha vertical color rojo intenso. El Colega jala inmediatamente una palanca y el gas comienza a disiparse.

La escena tras el cristal es una carnicería. Ella tiene que esforzarse por contener las lágrimas al ver lo que les ha sucedido a los conejos. El Jefe traga saliva y evade la mirada. El Colega mantiene las manos cerca del panel de control.

Un Directivo aplaude; los demás, sorprendidos, lo imitan. Pronto sonríen y carcajean, se estrechan las manos. El Jefe sonríe con alivio.

En el hábitat regresa la calma. Todos los conejos están muertos, despedazados. Los grisáceos están inmóviles, tal vez tranquilos. No parece que tengan nada que hacer hasta que, de pronto, uno de ellos voltea a la pared de cristal. Es como si observara fijamente a los humanos.

Ella mira al Colega, quien se limpia la frente de sudor, y explica que solo es una ilusión, que del otro lado el cristal es indistinguible de un muro de concreto.

 

Otro impacto lo interrumpe. Huesos de conejos muertos chocan contra el vidrio, una y otra vez, hasta que una grieta se forma. Después, los mismos grisáceos se arrojan hacia la sala de observación. Algunos caen tras el impacto, se sacuden y vuelven a arrojarse; otros permanecen inmóviles en el suelo. La grieta, sin embargo, se hace cada vez más grande.

El Colega comienza los protocolos de evacuación y el Jefe se opone mientras intenta calmar a todos, especialmente a los Directivos, cuyos flojos párpados dejan ver el rojo sangre de su interior, inexpresivos. Su piel está tan suelta y gastada que de lejos podría parecer que portaran máscaras de látex.  El último golpe al cristal activa una alarma automática. Una voz serena indica que el aislamiento de emergencia comenzará en 10 segundos.

Rápidamente, el Colega y Ella comienzan a salir de la sala; tratan de empujar a los Directivos hacia afuera. Ya sea por el miedo o el orgullo, además de su condición frágil, los Directivos son difíciles de mover. No pronuncian palabra, indignados, pero al final salen al corredor.

El Jefe aún intenta calmar a todos, presionando botones del panel con seguridad. Anuncia que cancelará el aislamiento y que el vidrio podrá aguantar los golpes.

Sin embargo, en el instante en que los demás han terminado de salir de la sala, la puerta se cierra. Una cortina metálica de seguridad baja sobre ella. El Jefe se queda adentro, atrapado. No se oye nada del otro lado.

El Colega accede a un panel junto a la entrada, y tras colocar una de sus muchas tarjetas en una rendija, se reproduce en la pantalla lo que sucede al interior de la sala de observación.

Una pata gris, ensangrentada y en ciertas secciones desollada, atraviesa la grieta. El Jefe la golpea con un extintor, pero no detiene su avance. Desesperado, el hombre da la vuelta y manotea la puerta mientras grita. Aunque el panel no reproduce sonidos, se alcanzan a escuchar sus súplicas. El Colega presiona un botón rojo en la pantalla y le dice al Jefe que no hay manera de abrir la puerta, porque no hay Jefe de seguridad. El Jefe abre los ojos y grita que utilicen la vieja credencial.

Ella mira al Colega. Sabe que no la han incinerado. Aunque él trata de evitarlo, ella logra poner su mano en el botón. No habla, solo dirige sus ojos al Colega, con la misma expresión que ha usado previamente al pedirle su confianza. El Colega da un paso atrás.

Ella se acerca al panel y le dice al Jefe, con un tono de súplica y pánico que no reflejaba su actitud apenas hace unos segundos, que la credencial fue incinerada. El Colega se queda boquiabierto. Ella llora y le pregunta al Jefe qué hacer, una y otra vez, pero no obtiene respuesta. Eventualmente, el Jefe se da por vencido. Voltea hacia el cristal roto, hacia la criatura grisácea que avanza en línea recta hacia él.

 

Ella sabe apagar la pantalla, pero pretende que no. Con autoridad, le pide al Colega que lo haga. Recomienda a los Directivos que no miren.

 

*          *          *

 

Han pasado algunos años. La rápida acción de Ella y el Colega les valió la aprobación total de los Directivos. No ha habido necesidad de reemplazar al jefe, pues el Colega quedó como encargado del laboratorio, y Ella como Jefa administrativa.

Por otro lado, el experimento fue un éxito y les aprobaron un gran incremento de presupuesto. Con él, Ella y el Colega contrataron mucha gente. El edificio antes vacío, ahora está repleto de personas.

Muchas de las contrataciones fueron de antiguos empleados, entre ellos, el Jefe de seguridad.

Él tiene un interés particular hacia Ella. La ha abordado algunas veces, pero Ella siempre declina cordialmente. No es porque le disguste; simplemente Ella no está interesada en una relación.

Aun así, a veces Ella lo cita en la sala de observación, donde apagan las cámaras, cierran la puerta con llave y se quitan la ropa. No hablan, pero él no se queja.

 

Esta vez Ella apaga la luz. En la oscuridad, el jefe de seguridad no se da cuenta de que, mientras la toca, partes de su cuerpo se arrugan, envejecen y luego se restauran.

Esta vez Ella no lo besa. El jefe de seguridad no siente unos dientes que mutan, se tornan largos y afilados.

Esta vez, el Jefe de seguridad escucha un rugido, pero se convence de que es un lapso en sus sentidos, o que proviene de la sala de los conejos. Se le olvida pronto cuando ella lo anima con halagos y le dice que es un animal.

Cada vez que terminan, el jefe de seguridad suele quedarse dormido, por eso no sabe que Ella, en la oscuridad y el silencio, toma una jeringa clínica y recoge el esperma del piso, los preservativos o su propio cuerpo. De ahí, se lleva las muestras al cuarto frío, las procesa y las preserva.

Esta vez, la jeringa es mucho más delgada, y su objetivo no es la recolección. Ella revisa la hora, toma su instrumento y penetra la epidermis. El Jefe de Seguridad hace una mueca. Atraviesa la epidermis con mayor velocidad y el hombre comienza a abrir los ojos. Finalmente, cruza el tejido subcutáneo y descarga la jeringa directamente a nivel muscular. Él se queja, pero ya es demasiado tarde.

Suena una alarma similar a la que sonó hace tanto tiempo. Ella mira el reloj, satisfecha. Revisa el cinturón del Jefe de Seguridad hasta encontrar una pinza con varias tarjetas. Toma únicamente su credencial. Es exactamente la misma que hace años debió haber incinerado el Colega. Ella sonríe.

Sale antes de que la puerta se selle con una cortina metálica, y de pronto se apaga la luz.

Se mueve con seguridad a lo largo del pasillo, gritando indicaciones, cerrando todas las puertas. Pregunta por el Jefe de Seguridad, ordena que lo busquen y, a los más atolondrados, que se resguarden lo más pronto posible en el cuarto de seguridad. Ella, en cambio, se dirige directamente a la salida de emergencia. Utiliza la credencial para anular el aislamiento y abrir la puerta. Se asegura de cerrarla bien al salir.

El viaje a casa es un torbellino de adrenalina. Tiene miedo, sí. Pero también está emocionada, intensamente absorta en las posibilidades. Le cuesta trabajo regresar a la realidad, pero cuando abre la puerta de su casa lo logra.

Toma una botella de agua en la cocina y corre hacia la bodega, donde se esconde una puerta secreta. Pone su huella digital en un agujero y un anaquel repleto de latas de atún se mueve lentamente, revelando la entrada.

Dentro esperan todos sus hijos. Alrededor de una docena de niños inexpresivos, todos iguales a excepción del más pequeño, que tiene solo una mano. En el brazo opuesto su piel pierde color hasta llegar a un muñón completamente pálido a la altura de la muñeca.

En una pared hay varias mochilas acomodadas ordenadamente. Ella las toma y se las pone a cada niño. Cuando todos están listos, se toman de las manos y salen de la casa.

En la entrada, Ella les ordena que esperen quietos. Mientras tanto, cierra la puerta con diversas llaves. Al terminar, gira y se sorprende. Todos sus hijos miran al cielo. Ella mira también, procesa lo que mira un segundo y alcanza a mover a uno de los niños. De no haberlo hecho, el cuerpo que se estrelló en el concreto le hubiera caído encima.

Varios otros comienzan a caer del cielo, algunos ya muertos, otros que aún respiran.

Decide correr, pero los niños no la siguen hasta que se los ordena. Un cuerpo cae justo entre ellos; nadie sale herido, siguen avanzando.

Corren todos hacia los árboles y se detienen. Una multitud de personas se encuentra en la misma situación, parados en la orilla del agua. El río que corre paralelo a la avenida está repleto de basura, apesta y no se puede ver el fondo.

No obstante, algunas personas desesperadas cargan a sus hijos, a sus padres, a sus seres queridos, y cruzan el disminuido río. Ella se limpia el sudor de la frente y toma una decisión. Va hacia el niño manco. Ninguno de sus hijos reacciona cuando le quita la mochila y se la pone al más grande.

Ella y sus hijos lo dejan, cruzan el río. Ella se cubre la boca, pero no mira hacia atrás. No se arrepiente.

El niño manco se queda solo. A su alrededor hay muchos otros, incapaces o aprensivos sobre cruzar el agua, que se quedan quietos.

Se queda viendo a los otros, largos, desnudos, grisáceos, que salen de las casas más lejanas y se acercan al río. Se dispersan hacia todas partes, llegan hasta la orilla y ahí golpean con fuerza sobrehumana a las personas, las someten; algunos se fuerzan sobre ellas. Otros, ya que las han matado, toman sus cadáveres con curiosidad.

Después de un rato, ya que han acabado con todos, el caos termina.

Solo el niño manco sobrevive. Ellos lo observan, se acercan, lo huelen. Toman el extremo de su muñón, donde se puede ver cómo su piel es más grisácea. Eventualmente, se van.

 

El niño se va con ellos.


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