El inquilino Por Francois Villanueva Paravicino
―Martita,
ese Mad es muy responsable. Para salir siempre antes de las siete, debería
despertarse a las cinco de la mañana. Y él lo hace. No es como el Lidio, que
duerme hasta las diez.
Aquello
le decía don Libio a su señora, al ver al inquilino con una camisa azul, un
jean añil, unos zapatos de cuero marrones y lustrosos, y su respectivo casco
blanco. A lo que doña Martha respondía:
―Sí,
es cierto. Paga puntualmente la mensualidad del alquiler. Ojalá le asciendan en
el trabajo, se lo merece.
En una época en que los extranjeros estaban mal vistos
por el incremento de la criminalidad y la crisis económica, la familia de la
señora Martha no sabía a ciencia cierta quién era el ecuatoriano Mad, aquel
inquilino que dijo que era ingeniero agrónomo de la Universidad de Quito,
trabajaría en áreas verdes del gobierno regional y que tenía una enamorada que
lo visitaría cada fin de mes.
―
¿Supongo que tendrá todos los papeles en regla, señor Mad? ―le preguntó doña
Martha, la dueña de la casa, justo antes de entregarle las llaves.
―Sí,
doña Martha, los tengo en regla.
―Bienvenido
sea usted, señor Mad, y por favor recuerde que no aceptamos por ningún motivo
fiestas de noche y peor aún de madrugada.
―Descuide,
doña Martha, soy una persona que no le gustan las bebidas. Y, la verdad,
prefiero ver películas y leer libros.
Aquello
era cierto. Practicaba el hábito de la lectura los fines de semana y, por las
noches, cuando regresaba del trabajo, le gustaba ver series o películas de las
plataformas de streaming. Sin embargo, la causa de aquella virtud se debía a
una enfermedad mental que sufría y que, tan bien la tenía escondida, era
azuzada por ciertas creencias esotéricas en religiones ocultas sobre demonios o
diablos.
Tales
prácticas, como dominar la visión del Tercer Ojo y rendir tributo a Satán, los
llevaba a cabo cuando la familia de doña Martha se iba de paseo, ya que
aquellos viajes de asueto demoraban entre uno o un par de días al mes. Él los
practicaba cantando himnos heréticos de brujería, descuartizando animales que
compraba en los mercados, invocando a los espíritus del más allá, lacerándose
la piel y otras sesiones maquiavélicas. Por su parte, la familia nunca se
enteró por completo de aquel macabro asunto.
La
pareja de Mad solo venía cada fin de mes durante el primer semestre; sin
embargo, a partir del séptimo dejó de venir y después ya se le dejó de ver en
la casa. La última noche que estuvo en el cuarto de Mad pareció escucharse un
grito de susto y cuando Lidio fue a ver qué pasaba, él dijo que estaba seguro
de que la pareja discutía en voz baja, pero que no pudo oír las palabras que se
decían.
A
la mañana siguiente la mujer de Mad salió a las cuatro de la mañana cargando su
maletín y una bolsa de viaje, lanzando un terrible portazo que despertó a los
dueños, pero no a su hijo dormilón, y cuando don Libio fue a ver quién había
sido, encontró al joven Mad arrodillado delante de la puerta, llorando, y al
preguntarle si estaba bien, el inquilino respondió:
―Se
ha ido, se ha ido para siempre…
Y
al soltar aquellas palabras lacrimógenas, como dándose cuenta del espectáculo
que ofrecía, sintió vergüenza, se secó las lágrimas con rapidez, se puso de pie
y, al ver al señor Libio absorto sin saber qué comentar, dijo:
―No
se preocupe, don Libio, son asuntos sin importancia y no se les deben prestar
mayor atención. Mil disculpas por la incomodidad.
A
un mes de la partida de la pareja de Mad, que coincidió con el abandono de su
tratamiento médico, la tragedia ocurriría en las primeras horas de un domingo.
El sábado el señor Libio se durmió a las once de la noche luego de ver la
televisión, la señora Martha estuvo limpiando hasta poco más de la medianoche y
después se acostó, y el hijo se quedó jugando videojuegos hasta la una y media
de la madrugada para, a continuación, dormirse como un tronco.
A
las tres de la madrugada, la hora del diablo, Mad salió de su habitación con un
machete y se dirigió de inmediato al piso donde vivía el hijo. Pudo forzar en
total silencio la puerta de ingreso como un ladrón sigiloso, fue al dormitorio
de Lidio, que estaba sin asegurar, ingresó y lo asfixió con la almohada hasta
desmayarlo. Lo dejó inconsciente.
Después,
fue al primer piso donde los padres roncaban y, con destreza, forzó las puertas
que lo separaban de sus objetivos. Al ingresar, de un certero machetazo cercenó
la cabeza de don Libio; al reaccionar doña Martha, entredormida y borracha de
sueño, con el rostro lleno de sangre, antes de gritar, fue la siguiente
decapitada con un poderoso golpe.
Llevó
los tres cuerpos, uno a uno, a su habitación; y ahí procedió a oficiar su
comunicación con el demonio, ofreciéndole el par de cadáveres y el corazón aun
latiendo de un joven de dieciocho años; después, descuartizó a sus víctimas; y,
al finalizar el ritual satánico, prendió fuego a toda la habitación, se cortó
la yugular y murió desangrado achicharrándose con el fuego.